Columnas y Opiniones

Es un hecho que el mundo ha cambiado y las universidades tienen ahora más que nunca la necesidad de dar un salto hacia el futuro. Está claro que los jóvenes de hoy (millennials), y el mercado laboral del siglo XXI, requieren muchos esfuerzos de la educación superior, para que ésta siga siendo una herramienta aceptada y valorada y, por supuesto, una fuente importante de movilidad social. Necesitamos con urgencia actualizar el debate, dejar atrás las consignas del pasado y abrir la cancha a un nuevo y fascinante mundo de oportunidades.

Hoy la mayoría de los jóvenes se desplazan de un lugar a otro usando internet para conseguir un servicio de transporte o para calcular el tiempo de espera de una micro. Si van de vacaciones pueden encontrar en Airbnb u otra similar, posibilidades de alojamiento. Se comunican con su familia y amigos a través de WhatsApp y cuando quieren compartir con el mundo lo que piensan o sienten disponen de Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat o Youtube. La tecnología no llegó hace algún tiempo a sus vidas, como ocurrió con sus padres y abuelos, sino que forma parte de ellos desde que nacieron.

Esto significa también que tenemos alumnos distintos, que demandan una educación cuyos parámetros de calidad también son nuevos. Esta generación se caracteriza por ser nativa digital, altamente recursiva y pragmática y con claras intenciones de lograr impactos positivos y contundentes con el trabajo que desarrollan. Los millennials llegarán a conformar el 75% de la fuerza laboral mundial en los próximos diez años y la mayoría de ellos se está preparando hoy para trabajos que aún no existen.

Por otra parte, el mercado laboral y sus necesidades también han cambiado drásticamente. Las empresas ya no buscan solo talento ni éxito académico, sino capacidad de liderazgo y cada vez con más frecuencia profesionales que posean habilidades blandas, que se relacionan directamente con la puesta en práctica de aptitudes integradas, rasgos de personalidad, conocimientos y valores adquiridos (habilidades comunicacionales, creatividad, responsabilidad, honestidad, proactividad, resiliencia, trabajo en equipo, etc.). ¿Es, entonces, razonable seguir educando con las herramientas pedagógicas de los siglos XIX y XX a los hombres y mujeres del siglo XXI? ¿Es sensato quedarse impávidos frente a los cambios?

No lo es y no podemos quedamos inmóviles. Esto es más urgente aún cuando analizamos los resultados de la última Evaluación Internacional de las Competencias de Adultos, según la cual, el 68% de los adultos chilenos con educación superior se ubica en los niveles más bajos en comprensión lectora, mientras el 70% tiene mal desempeño en razonamiento matemático.

Es claro que las instituciones de educación superior tenemos el enorme desafío de adaptarnos a los nuevos tiempos y adaptarnos a un nuevo mundo. La Universidad del Desarrollo ya ha comenzado a recorrer ese camino, que comienza por redefinir nuestro proyecto educativo para formar profesionales para el futuro, totalmente globalizados, conscientes de su entorno, porque afrontan un proceso de aprendizaje basado en la experiencia, y capaces de tomar decisiones y asumir liderazgos. Nuestra tarea es diferenciamos y ofrecer más opciones, en un contexto político que ha tendido a uniformar, limitando la autonomía de las instituciones de educación superior