Columnas y Opiniones

Julio Alvear

Investigador Centro de Justicia Constitucional Facultad de Derecho

“Estimados miembros y miembras”. Así se dirigió a las Cortes, en junio de 2008, la entonces ministra de Igualdad española, Bibiana Aído. El término no existe en nuestra lengua. Pero no importa. Por más que protestaron los entendidos, el activismo político de la teoría de género se expresó en una de sus iniciativas más características: la manipulación/ sustitución del lenguaje.

Todos podemos simpatizar con las minorías. Pero cosa muy distinta es que se impongan sus reglas al resto de la población. Y que desde ellas nos digan cómo educar a nuestros hijos, qué historias podemos contarles y cuáles no, o qué ámbito de la lengua castellana no debemos pronunciar.

Digo esto porque después de cuatro años, el Senado aprobó el miércoles el proyecto de ley sobre igualdad de género. No analizaré aquí el proyecto, pues aún quedan trámites legislativos pendientes, gracias a la oposición de parlamentarios de la UDI y de RN. Me interesa destacar otra cosa: en la medida en que la “igualdad de género” constituye la primera oleada de la más radical (y más coherente con sus premisas) “teoría de género”, es necesario descubrir sus peligros.

¿Tendrán nuestros parlamentarios la valentía de hacerlo?

La teoría de género constituye una doctrina sobre el ser humano y la sexualidad totalmente controvertible. Se reviste con el lenguaje de la discriminación, pero ésas son vestiduras falsas. Como el fidel-castrismo, que llenaba sus discursos con bellas frases en favor de los pobres y después los oprimía.

Recuerdo la polémica ocasionada por Aído antes de irse a trabajar con la ex Presidenta Bachelet a ONU Mujeres. Con el lema “re-educando en la igualdad” editó 42.000 guías para que los profesores re-eduquen a los niños en igualdad de género. En palabras simples, se proponía extirpar de la conciencia de los niños toda diferenciación sexual. Era discriminatorio distinguir entre hombre-mujer, esposa-marido, madre-padre. Se llegó al extremo de intentar prohibir los cuentos y películas infantiles en que había diferenciación de roles (ni la pobre Blancanieves se salvó), y se embistió contra la publicidad de los juguetes (extirpados los autos para niños y las muñecas para niñas). Gracias a Dios, en 2012 Rodríguez Zapatero tuvo que irse, junto con su ministra, la que, ni corta ni perezosa, fue recibida con un suculento sueldo por Michelle Bachelet en Nueva York.

Si aquí nadie protesta, algún día podemos ir para allá. Se llega a imposiciones intolerables, todas con el lenguaje de la no-discriminación. En EEUU y Europa importantes movimientos feministas vienen enfrentándose a los seguidores de la teoría de género por intentar (en su versión “queer”) imponerles la idea de que, en el fondo, la mujer no existe. Ni pensar, entonces, en Blancanieves para nuestras hijas.