Columnas y Opiniones

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Guido Larson

Académico Instituto de Humanidades

El jueves por la noche el mundo observó sorprendido el primer ataque altamente público de Estados Unidos contra el régimen de Siria. Si bien Washington ya había realizado bombardeos a través de aviones no piloteados (drones), el ataque del jueves simboliza la entrada militar de Estados Unidos en un conflicto que ha tratado de evitar por seis años.

Para muchos marca un punto de inflexión en el desarrollo de la guerra civil, y no pocos analistas manifiestan preocupación por las consecuencias de acciones como esta, especialmente al considerar que países como Rusia e Irán se encuentran comprometidos en mantener la supervivencia de Bashar al Assad.

Naturalmente, son múltiples las interrogantes que emergen del episodio del jueves, no solamente aquella referida a por qué Estados Unidos ingresa ahora; sino especialmente respecto de qué podemos proyectar sobre la guerra en Siria tomando en cuenta la situación actual.

Con relación a lo primero, son muchas las hipótesis que explicarían el lanzamiento de 59 misiles tomahawk sobre la base aérea de Shayrat (a un costo aproximado a los 100 millones de dólares) cercana a la ciudad de Homs, al oeste del país. La que ha recibido la mayor atención es la versión oficial, vale decir, aquella que dice que el ataque es en respuesta del horrible bombardeo con gases químicos que habría realizado el régimen, algunos días antes, contra el poblado de Khan Seikhoun en la provincia de Idlib.

El bombardeo termina con la vida de unas 85 personas, incluyendo decenas de niños. La hipótesis diría que era tal la presión interna y tanta la condena internacional (las imágenes son brutales), que EEUU con Trump a la cabeza se ven obligados a actuar. El propio presidente norteamericano declaró que el uso de armamento químico (aunque sea en un país que se encuentra a 10.775 kilómetros de distancia), presupone una amenaza existencia y que implica violar una línea roja inaceptable.

Evidentemente, la impasividad ante un ataque químico trae costos políticos y puede ser un incentivo para actuar. Pero es importante retener la idea que un ataque militar trae incorporado, por definición, una serie de mensajes político-diplomáticos. El uso de la fuerza no es neutral desde las perspectivas de las intenciones, lo que implica que algo quiere decir Washington con esto. ¿Qué cosa?

De partida está señalizando que hay acciones que consideraba intolerables, lo que marca un giro con relación a la relación de Estados Unidos con el conflicto en sí, y a la manera que el gobierno de Trump se presenta ante su audiencia interna. Hay que recordar que en 2013 un ataque de similares características se lleva a cabo en el poblado de Goutha, matando a casi 1.500 personas. Poco antes del ataque, el entonces gobierno de Obama había declarado que habría fronteras inviolables para Washington (siendo el ataque químico una de ellas), pero, sin embargo, al momento de decidir qué hacer en respuesta Obama prefiere la contención y la moderación. En definitiva, no hace nada. Y esta inacción se instrumentaliza políticamente en el presente, mostrando a la ciudadanía norteamericana que el gobierno actual es más frontal y agresivo que el anterior. El timing respalda la idea de que el bombardeo es en respuesta del ataque químico.

Esto marca un punto importante y que no ha sido suficientemente enfatizado. Técnicamente hablando, aún no se sabe el autor del ataque químico. Tanto el gobierno de Rusia como el de Al Assad dicen que el episodio de Khan Seikhoun se produce debido a que alguna organización terrorista hace estallar (de forma deliberada o por accidente), una bodega de almacenamiento de armas químicas, generando así el desastre. Pero lo relevante es que Estados Unidos, más allá de toda investigación futura, marca políticamente su visión de los hechos, comunicando con el bombardeo que el responsable es el gobierno de Assad (piénsese, por ejemplo, que para el ataque en Goutha se conformó una comisión especial de investigación que concluye que no hay suficiente evidencia para determinar inequívocamente un responsable). Consecuentemente, a partir de acá, la investigación se torna secundaria, dado que – más allá de no contar con evidencia – el país más poderoso del mundo está designando a un culpable.

Sin embargo, hay muchas cosas curiosas. El portavoz de defensa norteamericano declaró, por ejemplo, que había comunicado del ataque a la contraparte rusa; lo que implica que Estados Unidos pretendía evitar cualquier costo humano o material con relación a Moscú. Poco después, también se informa que habría habido un mensaje similar a los mismos sirios, lo que, de ser cierto, manifiesta que la intención del bombardeo es casi puramente simbólica. Esto significa que no hay una mirada estratégica global sobre el conflicto en Siria por parte del gobierno de Trump, sino que sería una suerte de acto publicitario dirigido hacia su audiencia interna y comunicando contenidos altamente específicos a su adversario sirio (que el uso de armamento químico no se tolerará). Por ahora es muy temprano para saber si el bombardeo del jueves será el inicio de una campaña mayor, pero considerando la relativa calma del fin de semana, no parece que esta sea una posibilidad por ahora.

Si esto es así, entonces cabe proponer dos visiones complementarias. La primera es relativa a la relación entre Estados Unidos y Rusia, en particular a los procesos de acercamiento que aparentemente se habían iniciado con la toma de poder de Donald Trump. ¿Quedó aquello en foja cero? Las declaraciones posteriores al bombardeo contuvieron alta retórica, tanto desde el ministerio de Relaciones Exteriores como desde la secretaria de prensa. Mikhail Emelyanov, desde la Duma rusa, decía, por ejemplo, que “este paso tendrá graves consecuencias”; y Dmitry Peskov, el secretario de prensa de Putin manifestaba que “el ataque intenta ocultar las acciones que ocasionan muerte de civiles en Irak por parte de Washington”.

Se suspende, al mismo tiempo, un Memorándum de Prevención de Incidentes, y se alude que el ataque ha “violado el derecho internacional de manera flagrante”. Sin embargo, me parece que todo esto cae aún dentro de declaraciones esperadas y dentro de respuestas racionales. Moscú no puede guardar silencio; pero sí puede aparentar una posición altamente beligerante porque eso contiene las críticas potenciales hacia su rol en el conflicto en Siria. Al mismo tiempo, si el objetivo final es un término de conflicto negociado, eventualmente uno puede suponer que el rebaraje del naipe provocado por Washington incentiva nuevas conversaciones diplomáticas.

Finalmente, aún queda la pregunta de si Moscú sabía de antemano sobre el ataque químico. Si provisoriamente se acepta que el ataque fue realizado desde Damasco, y Rusia no lo sabía, entonces es el régimen sirio el que buscaba objetivos particulares. El especialista en Medio Oriente, Hassan Hassan, es de la idea de que el ataque químico se realiza precisamente con la intención de alejar a Moscú de Washington. Lo que indica que, detrás de las declaraciones y de la hipérbole, hay intereses contrapuestos incluso entre posibles aliados (Siria-Rusia).

Considerando que para Moscú es central el levantamiento de sanciones contra su país, y leyendo entre líneas el acontecimiento de la semana pasada, no es improbable que los acercamientos con el gobierno de Trump se mantengan y se incrementen, haciendo de todo esto una clase magistral de diplomacia informal, y una lección monstruosa del uso de vida humana para fines políticos.