CARLOS JORQUERA ALVAREZ
Profesor de Castellano, Universidad de Santiago
Profesor Escuela de Periodismo UDD
Jefe de Corrección de Pruebas El Mercurio
Cuando hablamos del uso correcto del lenguaje, de inmediato relacionamos este tema sólo con la ortografía o con el léxico; pero lo cierto es que existen otras dimensiones, como las que atañen a la adecuación, estilo, sintaxis, lógica, cohesión o estructura global del texto. En el análisis de los criterios que utilizamos para definir los estándares que esperamos cumpla una comunicación oral o escrita, debemos tener en cuenta los elementos nombrados.
Pero para centrarnos sólo en el léxico, el paradigma de la corrección implica que los vocablos empleados han sido sancionados por la autoridad (léase diccionario de la RAE) o por el uso o por una combinación consciente de ambos. Además, que los hablantes se someterán a esos criterios. Los medios de comunicación chilenos en general no han definido con claridad su posición frente al tema de la corrección. En este sentido actúan intuitivamente y, claro, se equivocan muchas veces. De esta manera, es fácil hacer un seguimiento de los continuos errores en que incurren. En la televisión, acuciada siempre por el tiempo, es común que los periodistas no sólo tengan serios problemas con el significado de las palabras, sino que también caigan en toda suerte de anacolutos (errores de lógica en la construcción del discurso), continuas frases inacabadas, conjugación de verbos defectivos (que sólo se conjugan en algunos modos, tiempos o personas), o pobreza de vocabulario, entre otras fallas. Claro que esto ocurre porque en el código oral existen más posibilidades de cometer errores. Aunque también es cierto que por esa misma razón se debiera tener aún más cuidado.
Como dice Anthony Giddens, desde la sociología, la televisión tiene una enorme importancia en la apertura de espacios de diálogo social. No obstante, muchas veces el mismo medio destruye estos espacios al trivializar sus contenidos y al privilegiar los elementos emocionales. Por este lado hay una línea de análisis interesante. En la medida en que el lenguaje se considere una herramienta que sirve para comunicar sentimientos, será para nosotros sólo un continente de afectos o desafectos y dejaremos la corrección a un lado, como un aspecto perteneciente a otra dimensión. Cuando, por el contrario, veamos al lenguaje como la forma de nuestro pensamiento, entonces comenzaremos a valorar los criterios de corrección. El prestigio de los grandes diarios está fundado en gran parte en esta conciencia, la que los ha llevado a establecer estándares exigentes a sus periodistas y a exponer un lenguaje donde cada palabra está trabajada en función de contextos e intencionalidades que procuran la claridad y la exposición de pensamientos capaces de producir análisis sustanciosos y llenos de matices.
Sólo un ejemplo de usos impropios. Cuando un periodista confunde los verbos infligir (causar un daño) e infringir (vulnerar una ley) se genera una distorsión en el discurso público. El periodista lo ha expresado en un medio de comunicación masiva; por tanto, su irresponsabilidad se difunde como las ondas en el agua.
De esta manera, el tema de la corrección y de la preocupación por el buen uso del lenguaje no es irrelevante, sino un factor decisivo de las prácticas editoriales de los medios. Naturalmente, hay posiciones fundamentalistas que tampoco hacen bien y que sólo consiguen generar anticuerpos en aquellos que identifican corrección con inflexibilidad o con usos afectados. La Real Academia Española de la Lengua ha publicado tres diccionarios entre 1984 y 2001. Aun así hay algunos que todavía siguen pegados en la vigésima edición (o anteriores) y que defienden significados que eran válidos en ese momento, pero que la misma Academia ha terminado por modificar, pues el uso "incorrecto" se ha impuesto. Por ejemplo, todavía hay gente que se opone a que el adjetivo álgido califique el momento crítico de algún proceso. Pero desde la edición del 84, este vocablo ya incorporaba esta acepción. Recordemos que la misión de la Academia es velar porque se incorporen al corpus lingüístico del castellano sólo las palabras que estén en consonancia con el espíritu de la lengua. Por esta razón, en ocasiones se inclina ante el uso; muchas veces, no obstante, mantiene su posición en forma irreductible, y en otras modifica su visión y se corrige a sí misma.
Hay que preocuparse de los criterios de corrección. Para la profesión periodística ello corresponde a una actividad que toca a su propia esencia. Lo extraño es que, como horizonte referencial, haya quedado fuera del trabajo diario y que sólo se apele a ella cuando hay que llorar sobre la leche derramada. La corrección junto con la claridad y la precisión, los conceptos clave de los viejos y tradicionales manuales de redacción, deberían gozar hoy más que nunca de una excelente salud.




